A veces el fútbol es justo. Una de las grandezas del deporte más seguido de todo el planeta es que el chico puede, con sacrificio y suerte, poner en aprietos e incluso ganar al grande. Por ello, ver a los grandes ser avaros cuando tienen que correr o mostrar sus habilidades es siempre una gran frustración y pocos grandes equipos -digamos, más bien, "colección de jugadores"- han sido más rácanos en toda la historia del fútbol como el Brasil "moderno", el Brasil del músculo, las patadas y el juego defensivo. Un gran pecado si uno tiene a Kaká, Robinho o Luis Fabiano, por citar solamente a algunos, en su equipo.
La derrota de hoy de la selección brasileña ante Holanda no se explica únicamente por las circunstancias del propio partido. Hay que mirar un poco atrás, ver los anteriores partidos del Mundial, mirar hacia la trayectoria de los últimos años de Brasil. Quizás, simplemente, ver los gestos de Dunga en la banda lo dicen todo: protestas, pedir tarjetas para el contrario, encararse con los rivales. Eso no es el Brasil del "juego bonito".
Algo se rompió quizás en Italia 90. Brasil necesitaba ser más "europea", tenía que dejarse de adornos innecesarios con el balón. Estados Unidos 94 supuso otra copa más, la cuarta, y pareció que todo había valido, a pesar de que Brasil aburriese a las ovejas. Desde entonces, y a pesar de la victoria de 2002, Brasil ha seguido contando con un elenco de grandísimos jugadores, de los mejores, sin duda, del mundo. Pero desde entonces Brasil no ha sabido a qué jugaba, ha sabido a qué no jugaba.
Hoy ha ganado el fútbol. Quizás no sea demasiado tarde para echar la vista atrás...
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